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CARTA ABIERTA A LOS TRABAJADORES Y TRABAJADPRAS DE PUERTA DE HIERRO

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05 May 2025 Opinión Correo electrónico Imprimir

Siempre he admirado profundamente la figura del docente —profesión que he ejercido durante toda mi vida laboral—. Recuerdo con especial cariño a mi primer maestro, don Enrique, que me dio clase en 1º de EGB. Me regaló un cómic que leí durante semanas, cada mañana en el desayuno, hasta que las páginas quedaron tiesas y manchadas de colacao. Esos gestos que te acompañan toda la vida, esa forma de cuidar… es lo que he vuelto a sentir en estos días, pero esta vez de la mano del personal sanitario.

Tras un episodio de fuertes vértigos, tuve que ser trasladada en ambulancia al Hospital Puerta de Hierro. Iba muy inhabilitada, asustada, y mi pareja no pudo venir conmigo. Fueron los sanitarios de la ambulancia quienes me tranquilizaron durante el trayecto. Me acompañaron como si me conocieran, con una humanidad que me conmovió.

 

En urgencias, pasé por el triaje y me derivaron a neurología. Allí me atendió una neuróloga con muchísima profesionalidad y calidez. Me hizo preguntas, pruebas, y decidió realizar un TAC. No sabría decir cuánto esperé, porque eso, en realidad, no es lo importante. Lo importante fue que, nada más tener el resultado, salió ella misma a decirme que todo estaba bien, que estuviera tranquila, y que consideraba necesario que me viera un otorrino. Años de formación y experiencia puestos a mi disposición sin reservas, sin condiciones.

 

Como no mejoraba y no podía regresar a casa, me asignaron un box para pasar la noche. Si no sabéis lo que es un box, se trata de un pequeño espacio, separado del resto por unas cortinas, donde cabe el paciente y su acompañante. Y al no haber paredes, una se entera de lo que ocurre en los boxes vecinos. En uno de ellos había una señora muy mayor, que parecía haber perdido el juicio y que gritaba y profería improperios cuando alguien se acercaba. Pero el personal sanitario, cada vez que iba hacia ella, lo hacía con dulzura: “Tranquila, María, que no te vamos a hacer nada, esta prueba es cosa de poco… enseguida terminamos, no te preocupes”. En el box del otro lado, una mujer se había caído y roto la cadera, contaba su historia una y otra vez. Y cada persona que se acercaba la escuchaba con paciencia y atención, como si no tuvieran nada más que hacer.

 

Y sin embargo, tenían muchísimo que hacer. Y lo hacían. Cada paciente era tratado como si fuera el primero del turno, el único. Igual que a mí me vieron una neuróloga y un otorrino, a estas señoras enseguida las valoró un geriatra, revisaron su medicación, su estado general… todo.

 

Recuerdo también cómo la medicación que me prescribieron a mi llegada, me la fue facilitando la farmacia hospitalaria durante toda mi ruta, casi de forma mágica, de un espacio a otro.

 

Después, me trasladaron a una habitación. Era bastante amplia, pero eso no es lo que más valoro. Lo que más valoro es que seguí sintiéndome cuidada por cada auxiliar, personal de enfermería o de medicina.

 

Como profesora, he sentido muchas veces el cariño que se les toma a todo el alumnado al acabar un curso, especialmente a los más malotes. Pero vosotros y vosotras lográis algo más admirable: desarrollar esa empatía desde el primer momento, desde la primera palabra.

 

Y no puedo olvidar tampoco a quienes me traían la comida o limpiaban la habitación. No tengo palabras suficientes de agradecimiento. Y como cada día me atendía alguien diferente, no puedo nombrar a nadie en concreto, porque mi agradecimiento es a todas y todos: al conjunto del sistema sanitario público que permite que, sea quien sea quien acude, se le atienda con gran profesionalidad, sin distinción, con el único criterio de resolver su dolencia.

 

Eso es lo que nos garantiza la mejor atención y que nuestro sistema de sanidad pública sea un modelo a seguir, a pesar de las enormes dificultades que está teniendo que afrontar en los tiempos que corren. Que solo responda a las necesidades de cada paciente del mejor modo posible. Eso es lo que tenemos que defender con uñas y dientes.

 

Tenemos una sanidad pública envidiable. No podemos permitir que nos la arrebaten.

 

¡Vivan los servicios públicos!

 

Con todo mi cariño,

Elsa Campano

Profesora y Coordinadora de Izquierda Unida Majadahonda

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